Dr. Carlos De los Ríos
Gobernar un país que no existe.
José Antonio Kast llega al gobierno diciendo que Chile está mal. No con problemas, no tensionado, sino mal. Un país sin inversión, con un Estado inflado, con empresarios asfixiados, con inseguridad desbordada y sin rumbo.
Ese diagnóstico no fue un exceso de campaña, fue la base de su proyecto político y de su plan de gobierno.
El problema es que ese país no existe.
Y aquí conviene usar una imagen clara.
Un médico examina a un paciente sano y le dice que tiene cáncer. A partir de ese diagnóstico, le aplica quimioterapia, radiación, tratamientos agresivos.
El paciente no mejora, se debilita. No porque la quimioterapia sea mala en sí misma, sino porque no era el tratamiento para ese cuerpo.
En política pasa exactamente lo mismo. Si el diagnóstico es falso, el tratamiento daña.
Eso es lo que enfrenta Kast al gobernar. Su programa está diseñado para un país en crisis terminal, no para un país con problemas reales pero manejables.
Y esa contradicción aparece apenas el gobierno tiene que hacer cosas de Estado.
Pensemos en algo concreto. Kast quiere ir a foros internacionales como Davos a reunirse con inversionistas y grandes empresarios globales.
La pregunta es inevitable: ¿qué país va a vender ahí? ¿El Chile que describió en campaña, un país sin garantías, con reglas malas y un clima hostil para invertir? ¿O el Chile que necesita presentar como estable, predecible, con instituciones sólidas y seguridad jurídica para atraer capital?
No puede decir ambas cosas al mismo tiempo. Si el país está quebrado, nadie invierte. Si es confiable, entonces el relato de campaña era falso.
La misma contradicción aparece cuando hay que defender al país ante agencias de clasificación de riesgo, organismos internacionales o socios estratégicos. ¿Desde qué Chile se habla? ¿Desde uno al borde del colapso o desde uno con disciplina fiscal, reglas conocidas y continuidad institucional?
El problema se vuelve todavía más evidente cuando se habla de reducir el Estado. Durante la campaña, el Estado es una abstracción cómoda, un enemigo difuso al que se acusa de estar inflado y lleno de parásitos. Pero cuando se gobierna, el Estado deja de ser una idea. Gobernar no es recortar “al Estado” en general.
El Estado, cuando se gobierna, se vuelve hospitales, escuelas, servicios públicos, policías, tribunales, fiscalización. Y entonces la pregunta ya no es ideológica, es brutalmente concreta: ¿qué se deja de hacer y a quién se deja sin respuesta cuando se decide achicarlo?
El mismo mecanismo opera en la seguridad. Se instaló la idea de un descontrol total, de un país al borde del caos. Desde ese miedo se piden militares en la calle, estados de excepción permanentes, respuestas de fuerza como norma.
Pero gobernar no es administrar consignas, es decidir cuándo una medida excepcional es necesaria y cuándo empieza a erosionar las instituciones que dice proteger.
Aquí está el punto central. El miedo sirve para ganar elecciones, pero es pésimo para gobernar.
El relato del desastre moviliza, pero no administra hospitales, no atrae inversión, no sostiene relaciones internacionales ni construye estabilidad.
Kast queda atrapado en una trampa que él mismo ayudó a construir. Si gobierna según el país que describió, aplica quimioterapia a un paciente que no la necesita y termina dañándolo.
Si gobierna según el país real, queda en evidencia que el diagnóstico era exagerado o derechamente falso.
No es un problema de comunicación ni de estilo. Es un problema de coherencia entre relato y realidad. Un proyecto político construido sobre un país en ruinas necesita que ese país exista. Cuando no existe, la mentira se vuelve imposible de sostener en el ejercicio del poder.
Un país puede soportar un mal diagnóstico durante una campaña. Lo que no puede soportar es un tratamiento diseñado para una enfermedad que no tiene.
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