Por María Reyes Razeto.
La noche suspendida es la segunda obra escrita por Oscar Castro desde su exilio, presentada por Sylvie Miqueu. Revisitada por Natacha y Bénédicte, obtuvo el premio al mejor texto y a la mejor puesta en escena. Los actores están reunidos por la tropa Aleph y por los Latin Actors. Antes de que comience la obra, Sylvie organiza un ritual con una vela: se enciende una vela en el centro de un círculo formado por miembros de la tropa y espectadores, con el que se comparte un momento con quienes ya no están, pero también para protegerse y para que todo salga bien.
Esta atención puesta en la presencia de los ausentes anuncia ya el espíritu de la obra, fiel al lema de Castro: «la convivialidad es revolucionaria».
Un juego actoral de configuración atípica
Un detalle que distingue a esta puesta en escena es la configuración atípica del reparto: la mitad de los actores proviene de los Latin Actors, mientras que la otra mitad pertenece a la histórica tropa del Teatro Aleph. Esta mezcla, lejos de ser anecdótica, le da a la obra una relevancia particular: dos generaciones y dos trayectorias del exilio chileno-latinoamericano se encuentran en un mismo escenario, encarnando juntas a los fantasmas de Maquehua.
En este conjunto, José Zambelli, en el papel de Rafael, se impone con una interpretación magistral. No solo actúa: también canta y baila la cueca con Milenaria, su amor de juventud. Dentro del sueño, esta cueca es perfecta: revive tradiciones ancladas en la identidad del pueblo. Pero si no es un sueño, es una cueca que se baila solo.
Formado por el propio Oscar Castro, José Zambelli es considerado, en palabras de Sylvie Miqueu, «el hijo espiritual» del fundador. Su timbre de voz seguro, una actuación justa y pareja, la emotividad que despliega en escena, e incluso un pequeño acento al hablar en francés, son los guiños de esa herencia. En este actor ya confirmado, cuyo protagonismo deja presagiar logros futuros y certeros, se reconoce el legado vivo del Teatro Aleph.
Manquehua, un pueblo suspendido entre el sueño y la realidad
En la escena, Rafael, interpretado por José Zambelli, está solo, preparando su maleta. De gira con su obra, perdió una cita en Maquehua, un pequeño pueblo situado a 200 kilómetros de Santiago, que cuenta con 500 habitantes: caminos de tierra, higueras, eucaliptos, en una región árida. Luego llegó la catástrofe que nunca se nombra, pero se entiende que se trata de la dictadura : algunos se esconden, otros están encerrados, desaparecidos, otros huyen: Maquehua se apaga. Rafael, hijo de una familia de agricultores, amaba escribir y soñar; se fue a estudiar a Santiago. El ruido del viento evoca la soledad de los pueblos aislados de las películas del oeste en los que aún no ha llegado el progreso.
Un pueblo poblado de fantasmas
Rafael se queda dormido, y es entonces cuando aparecen personajes que solo se pueden encontrar en los sueños: habitantes del pueblo: el alcalde, la prima, el tío, la institutriz, el jefe de estación, la carnicera.
La catástrofe trajo la muerte, y fantasmas que se levantan todos a la misma hora. Los personajes hablan de la llegada de Rafael Chaco, hijo de Don José Chaco, el que se había ido. Se ponen a mirar las noticias en un periódico, se sientan todos en fila y se ponen a doblar juntos la misma tela. Alguien pregunta: «¿No están muertos?» «Por supuesto que lo estamos.»
El trabajo de la vestuarista merece también ser destacado: ha vestido a todos estos fantasmas de blanco, dándoles la apariencia de almas en pena. Este color único, despojado de cualquier otro matiz, refuerza la dimensión trágica de estos personajes, condenados a vagar entre los vivos, atrapados en su propia ausencia.
Los personajes están condenados, no por haber hecho el mal, sino por no haber hecho ni el mal ni el bien. Todos quieren participar en el espectáculo y se dan cita a las 8 en el teatro: es la víspera de la partida de Rafael. La carnicera, por su parte, lo resume todo con esta frase: «Todo es comercio: la política, la religión y la carnicería.»
Memoria, exilio y desaparición
Rafael se pregunta: ¿por qué están todos en su casa? Él solo piensa en volver a la capital. «Espero que el tiempo se detenga», dice.
Su madre se fue a buscarlo y nunca volvió; su padre, por su parte, se quedó solo esperando. Rafael se siente culpable. Milenaria, su amor de juventud, le habla del juego entre la realidad y la ficción: una obra sobre Manquehua, para no olvidar su tierra. Milenaria habría querido vivir con él; lo dejó ir: «el amor se siembra», dice ella.
Rafael, por su parte, se pregunta: «¿Cómo me encuentro en el interior de mi propia representación?» ¿Qué es la vida, sino una ilusión, un sueño? El pueblo, quizás, no existe. Rafael piensa también en su tío Héctor, desaparecido de la dictadura. «Quizás yo también estoy muerto.»
Las cosas buenas, se dice, deben vivirse dos veces: por eso el pueblo festeja, treinta años después, la inauguración del primer buzón de Maquehua símbolo del progreso.
¿Para qué sirve el progreso? Para ganar tiempo. No siempre: está Lautaro, el indígena que rechaza el progreso. Cuando le preguntan la hora, responde que no tiene hora, sino tiempo. Cuando quieren comprarle sus diez ponchos en la feria, se niega: si no, dice, ya no sabría qué hacer.
La convivialidad hasta el final: fiesta y despedida
La alegría también tiene su lugar en esta obra, gracias a las coreografías y al cabaret del pueblo, que reaparece en varias ocasiones a lo largo de la pieza. Estos momentos funcionan como un contrapunto: se oponen a la rigidez de la religión, encarnada por esa visita purificadora de la parroquia, pero sirven, sobre todo, para festejar la vida con todo su ímpetu.
Rafael baila una cueca con Milenaria. Los «confusionistas», por su parte, se preguntan por qué la gente de izquierda vota por la derecha. En el salón de fiestas, se hace un brindis por la partida de Rafael quien, por su parte, se ha ido a esconder.
Dicen que, si no está ahí, es porque no logró entrar en los sueños de los habitantes. Y si fuera lo contrario: ¿y si fuera él a quien el pueblo soñaba?
El alcalde pronuncia un discurso. Un coro de voces canta «Rafael» y se despide de él cantando «Maquehua, mi tierra querida». Todo el pueblo lo acompaña a la estación, y tres veces el tren pasa sin detenerse: «A tu edad, un hombre debe saber si toma el tren o no.»
El tren se convierte en una alegoría. Rafael exclama: «Soy capaz de abrir el cielo con palomas de paz.» Y también: «Si no elegimos el día de nuestro nacimiento, al menos elijamos el de nuestra muerte.» «Es tiempo de avanzar.»
Milenaria se queda con él en el andén: «Tenemos derecho a elegir cómo y dónde queremos vivir. Sigue tu camino y no te arrepientas de nada. No te preocupes que ni siquiera tus muertos te pesen. Sigue tu camino.» «El que no tiene espada, que se compre una.» Rafael, solo, sube al tren.
La obra termina así, suspendida también ella entre el sueño de un pueblo que quizás ya no existe y la necesidad de avanzar a pesar de todo.








