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Partageons les bonnes idées.

Por Nicolas Lasnibat, cineasta.

Te fuiste antes de que terminara la película, Seba. Nos dejaste ahí, sentados en el cine, sin saber muy bien qué hacer con el final.

No recuerdo exactamente cuándo nos conocimos. Mis primeros recuerdos contigo son de la Academia Imaginaria de Eduardo Sabrovsky, donde hablábamos de Varèse, Karl Kraus o Freud, convencidos —o quizá sin necesidad de convencernos— de que todo aquello alimentaba, de alguna manera, nuestra pasión por el cine. Éramos dos pajarracos raros en Santiago de sólo 18 años. 

Tú decidiste hacer cine en Chile. Y no solamente hacerlo: conseguiste domar aquella industria todavía incipiente, con sus presupuestos miserables y sus fondos que parecían a veces más una prueba de resistencia que una política cultural. Casi te volviste loco intentando sacar a flote “La sagrada familia”, aquella película que abrió tus primeros caminos internacionales. “Nunca sé si ganarse un Fondart es un milagro o una maldición”, solías decir. Y, sin embargo, ahí estabas, empujando el cine chileno hasta llevarlo a los Oscar. Aquel Oscar que, según me contaste, guardabas debajo de la cama porque “brillaba demasiado”.

Tu cinefilia era total. Tenías una curiosidad inagotable, un interés genuino por explorar nuevas formas, por jugar con el cine, por desarmarlo y volverlo a inventar. Había en ti un sentido lúdico que nunca perdiste, incluso cuando las películas se volvían grandes, los presupuestos crecían y Hollywood llamaba a tu puerta. Porque conseguiste algo bastante improbable: llevar el surrealismo chileno a una película hollywoodense sin dejar de ser tú. Nunca dejaste de imprimirle esa huella chilena, esa manera tan particular de mirar y de contar. Tu mirada acerba, incisiva, a veces incómoda, siempre fue bienvenida. Hacía falta.

También estaba tu manera de relativizarlo todo. Recuerdo que me contaste que, después de una inundación en tu departamento, una tarde habías terminado utilizando el Oscar, el Goya y los Osos de Plata para aplastar el suelo flotante. Una imagen extraordinaria: tres de los premios más codiciados del cine mundial convertidos en herramientas de bricolaje doméstico. Quizá ahí estaba toda tu filosofía.

Fui de los primeros a quienes contaste tu cambio de apellido y la historia de tus dos padres. Pasaste de Campos a Lelio. Y luego estaba el final de “Navidad”, donde contabas, de alguna manera, la historia de ese cambio de apellido, de esa identidad y de esa familia que también ibas construyendo. Cuando terminé de verla te dije: “Entendí el final”. Y tú sabías perfectamente lo que quería decir. Sabías que, de alguna manera, éramos amigos cercanos.

Quizá por eso sentí siempre que te conocía desde hacía mucho más tiempo del que realmente nos habíamos frecuentado. Porque nos veíamos poco, aunque nunca dejáramos de sentirnos cerca. La geografía se empeñaba en interponerse: cuando yo iba a Berlín, tú estabas en Chile; cuando viajaba a Londres, tú estabas en Dublín; cuando llegaba a Cannes, las fechas nunca coincidían.

En 2013, coincidimos en La Rochelle. ¡Cuánto nos reímos! Nos hicimos esta fotografía, con la solemne promesa de que quedaría para la posteridad. Y aquí está, Seba. Parece que sabíamos algo que entonces no podíamos saber.

Cuando vi “Una mujer fantástica”, te llamé al salir del cine. Necesitaba decirte que la película era maravillosa. Vi “Gloria Bell” mientras Notre-Dame ardía en París. Pero aquella tarde me pareció mucho más importante ir a verte que quedarme contemplando el incendio de un monumento milenario. Hay prioridades que uno no necesita explicar.

Y recuerdo también aquella tarde en mi casa de París, cuando mirabas a mis dos hijos con una simpatía inmensa y me dijiste, quitándole toda solemnidad a los premios y a los reconocimientos: “El Oscar es lo de menos. Tus hijos, esas sí que son películas”. Y te quedaste mirándolos. No sé si alguna vez te diste cuenta de cuánto decía de ti aquella frase.

Publico hoy esta fotografía en tu nombre, amigo. Pienso en tu generosidad, en tu buena onda, en esa sonrisa que parecía no abandonarte nunca y en tu mirada, un poco Alain Delon, como si la vida tuviera siempre algo de película y tú conocieras de antemano el desenlace.

Y ahora, ¿qué hacemos sin tus películas? ¿Sin tu cinefilia desbordante, tus palabras en WhatsApp, tus bromas, tus observaciones siempre afiladas, sin esa manera tuya de estar cerca incluso cuando estabas al otro lado del mundo?

Nos dejaste antes de que terminara la película, Seba. Y esta vez no hay manera de llamarte al salir del cine para contarte lo que hemos visto.

Te vamos a echar muchísimo de menos, amigo.

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