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Una mirada hacia atrás, de Jorge Cucho Orellana Mora.

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Jorge Cucho Orellana Mora

UNA MIRADA HACIA ATRÁS
1935 – 1988
Concepción – Santiago – Buenos Aires – Madrid
Radio – Publicidad – Política – Personajes – Anécdotas

© Jorge Orellana Mora

Acheter la version digitale du livre sur mon site ici : 

UNE MIRADA HACIA ATRÁS 1935 – 1988 de Jorge Cucho Orellana Mora

Extracto

Llegué a vivir a Concepción en la década del 20. Yo había nacido en Coquimbo, tierra cálida y famosa por sus largas sequías; en cambio, Concepción, tenía inviernos lluviosos y fríos. Curiosamente y con precisión, a la hora de colegios, al mediodía y al atardecer, caían verdaderos aguaceros; sin embargo, por las noches, los chaparrones se transformaban en una fina y persistente llovizna y como casi siempre soplaba un viento rastreado, éste ayudaba a que todo terminara mojado o empapado. La humedad penetraba en los edificios dejando su huella pardosa en las fachadas, paredes y techos; incluso, las prendas de vestir y los zapatos criaban unos hongos que llamaban percán. En muy pocas casas poseían una salamandra a leña o carbón; por eso, tal vez, el invierno era capaz de helar hasta el carácter de las personas. Desde las provincias de la antigua frontera se traían gruesas frazadas y mantas de lana bruta, teñidas de colores vivos, para entibiar las camas y poder conciliar el sueño. Las noches de invierno no eran agradables. 

Estudié en el Liceo de Hombres. Cursaba ya Humanidades cuando un compañero me mostró una radio a galena, un adminículo parecido a una trampa de lauchas, muy simple, formado por un alambre de cobre enroscado en espirales y conectado a una pieza de metal, que tenía un dispositivo movible, cuyo terminal en forma de aguja gruesa se usaba para aplicarlo a una piedra galena o pirita de hierro, cuyo papel era sintonizar la onda de la emisora. La tablilla estaba conectada a un audífono que permitía escuchar la transmisión. Mi compañero me prestó su radio a galena. Encerrado en mi habitación hice las operaciones tal como él me había indicado y oí una voz grave, acompasada, pese a que nadie hablaba en la habitación. 

¡Era un misterio maravilloso! 

Mi compañero se aprovechó de mi relato para dárselas de muy enterado. Me explicó que la voz se originaba en una estación de radio, que emitía el sonido desde un transmisor y esparcía su onda por toda la ciudad. Me aseguró que, mientras yo oía, cientos y miles de personas habían estado escuchando la misma voz y sus mensajes. Fue mi primer contacto con la radiotelefonía y quedé muy impresionado. Y como sucede casi siempre, no sospeché la importancia que la radio tendría en mi futuro.Ya no descansé tratando de reunir dinero para comprarme una radio a galena. Costaban 15 pesos, pero mi semanada era solo de 40 centavos, justo para comprar un cucurucho de helado de canela y pagar la entrada a la matinée del sábado para ver las películas de Hoot Gibson, Buck Jones o del inolvidable Tom Mix, con su caballo Plata. 

Mi padre había ingresado como joven oficinista en la firma inglesa Huth y Cía. Con el correr del tiempo, ascendido a jefe del departamento de ventas, le llegó la oportunidad de ser trasladado; primero, lo designaron jefe de la sucursal de Coquimbo, donde nacimos los tres menores de sus seis hijos, y años más tarde, a Concepción. 

Por esos años, Gran Bretaña, desde Valparaíso, dominaba el comercio chileno de importación y exportación, con sucursales en todo el país. Esta empresa, entre otros productos, importaba el té Ratanpuro, cuya propaganda era una calcomanía que ilustraba a una viejita, acomodada en un sillón, y a su nieta. En una especie de globo podía leerse que la nieta, decía: “Abuelita, me gusta el Té Ratanpuro”. Pedí a mi padre que me proporcionara un paquete de esas calcomanías para repartirlas en el Liceo como propaganda, aunque, en realidad, me dediqué a venderlas a mis compañeros a 3 por 10 centavos. Vendí calcomanías en todos los cursos durante meses hasta que, por fin, pude reunir los 15 pesos y correr a comprarme mi radio a galena. ¡Cómo cambiaron mis noches! Apenas terminaba de comer me metía en la cama para oír la radio. 

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